Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
A las 3:15 de la tarde, el avión de Air Europa despega del aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid-Barajas. Diez horas cruzando el océano, y a las 8:30 de la noche, tocará tierra sudamericana en Bogotá. Regresamos con la maleta llena de recuerdos, pero sobre todo con una bolsa llena de alegría y de enseñanzas.
Europa nos mostró algo hermoso: es posible convivir. Allí confluyen cristianos, musulmanes, budistas, ortodoxos… y todos caminan juntos. Nos enseñó que no somos los dueños del planeta, que la diversidad nos hace más interesantes, más ricos, más humanos. Que cada pueblo es único y maravilloso, y que ninguno es mejor que otro: simplemente, todos somos.
Pero la verdad duele cuando comparamos. Estamos lejos de esa realidad. Más de 60 años de violencia han dejado cicatrices profundas: guerrillas, bandidos, narcotráfico, minería criminal… todo eso nos ha hecho daño, sí. Sin embargo, ni todos juntos nos han lastimado tanto como los alcaldes ladrones, que se roban sin piedad el futuro de los pueblos que los eligieron.
Por eso pido: Dios nos ilumine a todos. Que sepamos escoger al que venga no para vaciarnos, sino para llenarnos. Que llegue ese enviado, ese mesías que nos dé prosperidad de verdad, que devuelva lo que es de todos, y que por fin veamos florecer la tierra que amamos.
Llegamos a casa. Y regresamos con la fe intacta: aún estamos a tiempo de cambiar.
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