Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Tomamos el avión en el aeropuerto internacional de Fráncfort con rumbo a Madrid. Y mientras las alas cortaban el cielo, la mente no dejaba de comparar: he recorrido miles de kilómetros, he visto otras tierras, y la experiencia me ha dejado una enseñanza clara, dolorosa pero necesaria.
En estos países dejaron atrás la cultura de la violencia. Aquí, la confianza es el hábito cotidiano: en cada autobús intermunicipal, cada persona coloca su maleta en la bodega y la recoge al llegar sin miedo, sin sospecha, sin temor a que desaparezca. Nadie pregunta: ¿sabes cuál es la tuya? ¿sabes cuál es la mía? Simplemente, se respeta.
Mientras tanto, en nuestra Colombia… ¿qué nos pasa? Nos han educado en la cultura de la corrupción. La admitimos, la toleramos, la normalizamos. Y ahí están los que detentan el poder: se rifan los recursos de los pueblos, se reparten la riqueza para engordar su propio vientre, y nos dejan sin futuro.
Europa no es perfecta, pero ha demostrado algo: cuando se elige el bien común sobre el beneficio propio, los pueblos florecen. Nosotros seguimos permitiendo que unos pocos nos apaguen la luz.
Regreso con la maleta llena de imágenes, pero con el alma llena de una certeza: merecemos algo mejor. Y algún día, lo exigiremos.
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