Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Tras recorrer el último día más de 22 horas consecutivas entre aviones, autobuses y trenes, cruzando España, Alemania y Francia, hice una cuenta que me llenó de asombro: lo que caminé en un mes por Europa, a pie, equivale a lo que suelo recorrer en dos años en Colombia. Un contraste que pesa.
Y entonces, Bogotá. Tras diez horas de vuelo desde Barajas, la capital nos recibió con tormentas eléctricas, como si el cielo mismo quisiera decirnos algo.
A bordo del Boeing 787-9 Dreamliner de Air Europa —ese Goliat de los aires, con capacidad para unos 330 pasajeros, que surcaba las nubes como un dragón—, los pilotos sortearon con maestría el mal tiempo que envolvía la tierra colombiana. Y cuando por fin las ruedas tocaron la pista, todos aplaudimos: aterrizaron sin un solo percance, devolviéndonos a casa sanos y salvos.
El efecto jet Lang desajuste del horario que se siente en cada hueso: el cuerpo cruzó continentes demasiado rápido y el reloj biológico aún no se pone de acuerdo. Pero no importa el cansancio. Todos veníamos asustados, y al pisar el suelo del Dorado, sentimos un alivio inmenso.
Estamos de vuelta. Y aunque el cielo nos recibió con tormenta, lo hicimos juntos.
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