Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Murió Abel Ríos Mendoza, a los 87 años, esperando lo que le pertenecía. Se fue igual que el coronel de la magistral obra de Gabriel García Márquez: esperando una pensión que nunca llegó, esa que se ganó con más de una década de trabajo al servicio del municipio, y que el destino —y la política— le negaron hasta el último suspiro.
La ironía duele: fue defensor acérrimo del exalcalde Jesús Alberto Ramírez, y quien le cerró la puerta al derecho que ya tenía ganado fue el actual mandatario, Wilman Eli Quintana. Abel luchó en los tribunales, peleó cada papel, recorrió cada oficina… y el laberinto no lo dejó salir.
En sus últimos días, sumido en pobreza extrema y combatiendo un doble diagnóstico de cáncer de colon y próstata, libró la batalla más desigual: no solo contra la enfermedad que lo consumía, sino contra una burocracia que lo mantuvo en el limbo. El municipio al que sirvió le dio la espalda. Y así, sin recursos, sin respuestas, sin justicia, se fue esperando lo que nadie debió negarle.
Murió sin recibir lo que se ganó con el sudor de su frente. Y eso, en un pueblo que se dice de gente decente, es la deuda más grande que existe.
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