Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
El tiempo no pasa por Evelia; se sienta a su lado.
Allí está, recostada, con la mirada que parece seguir el vuelo de algo que solo ella ve. Evelia María Mejía de Cristancho no recuerda: vive lo que recuerda. Cuando nombra a su padre, Juan Mejía Díaz, el aire se vuelve serio y dulce a la vez: un hombre estricto, sí, pero de esos que cuidan con silencio. De sus nueve hermanos, cinco mujeres que florecieron en Simití, cada una tiene su propia luz: Amaris, que fue reina y a quien Milciades Torres sostuvo con la mano abierta para que brillara; y Aurelia, que con su risa y su algarabía sacaba a todo el pueblo a bailar en las fiestas de San Simón, como si la música le corriera por la sangre desde antes de nacer.
El padre dejaba que fueran a los bailes… pero su sombra las acompañaba, invisible y firme, custodiando que nadie lastimara sus alas.
Entonces llegó Juan Cristancho, el hombre que navegaba los ríos como quien conoce los secretos de un viejo amigo. Lo trajo el agua, y el agua lo dejó a su lado. Seis hijos nacieron de ese amor, y sobre todos, como un techo de ternura, la abuela Floilana Urueta los cuidaba con celos de quien sabe que el tesoro está dentro de casa.
Hoy, en su hogar de Bucaramanga, el tiempo no pesa. Yadira está siempre ahí, fiel, como un ángel que no necesita alas. Y llegó algo mágico: un regalo que cruzó el océano, enviado desde España por su hijastro Juan David, que la lleva en el pecho aunque esté lejos.
Evelia lo recibió con una sonrisa tranquila. No necesitaba abrirlo para saber lo que era: el amor no pesa, no tiene tamaño, y cruza cualquier frontera sin pasaporte.
Mientras ella habla, las sombras se llenan de bailes antiguos, de reinas que sonríen, de ríos que cantan, y de un hijo del primer matrimonio que, al otro lado del mundo, no la ha soltado de la mano.
Porque en la memoria de Evelia, nadie se ha ido. Solo están en otra parte del mundo.
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