Por: David Torres, periodista
La lluvia caía, pero no hubo nube que me detuviera. Fui a conocer la divina ciudad de Heidelberg, recostada a la orilla del río Neckar, en el suroeste de Alemania.
Y entonces apareció: un destello de luces que me llenó los ojos. Allí, su puente, como una cuna de piedra, arrulla la corriente que corre adormitada, buscando lejos el abrazo del océano.
Este lugar no parece real. Parece un cuento de hadas… o incluso el propio Grinch, con su corazón pequeño y envidioso, querría vivir aquí, en este edén donde cada callejuela y cada casa parecen salidas directamente del mundo que soñaron los hermanos Grimm —Jacob y Wilhelm—, los guardianes de los cuentos que el pueblo contaba en voz baja junto al fuego.
Las calles se yerguen firmes, como diciendo: aquí el tiempo no pasa. Aquí respira la Universidad más antigua de Alemania, fundada en el siglo XIV, sabia y eterna. La iglesia gótica de Heiliggeistkirche se alza noble sobre la Marktplatz, rodeada de cafés donde el aroma se mezcla con la historia. Y arriba, en el cerro Königstuhl, el Palacio de Heidelberg muestra sus ruinas de arenisca roja, orgullo renacentista que mira la ciudad desde lo alto.
Heidelberg es, sin duda, la ciudad más linda de esta tierra. Y mientras la recorría bajo la lluvia, comprendí: esto no es Alemania… es Macondo con otro nombre. Es el realismo mágico hecho piedra, agua y luz, tal como lo soñó Gabo.
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