Por: David Torres, periodista
El frío no me amilanó. Caminé a paso lento, siguiendo la corriente, y vi cómo el agua se deslizaba, grave y serena, como si llevara en su caudal los años mismos. Y entonces entré en un túnel de recuerdos: hace casi dos mil años, los romanos llegaron, vieron su valor y no dudaron. Construyeron un puente de madera, levantaron campamentos a sus orillas y sembraron la primera semilla de lo que hoy es Heidelberg. Por aquí pasaban las rutas que unían el mundo; el río era camino, frontera y fuente de vida.
En la Edad Media, el Neckar se convirtió en guardián. El castillo se alzó en la colina para vigilarlo, y la ciudad antigua creció abrazada a su ribera. Era un río caprichoso, sí: de aguas impredecibles, rocas escondidas, difícil de domar… hasta que en 1928 fue canalizado y su fuerza se hizo manso, pero nunca perdió su alma.
Allí estaba yo, en un lugar que parece salido de un cuento de hadas, donde uno casi espera ver princesas persiguiendo mariposas que se posan en los pistilos de flores recién abiertas. El Neckar traza una curva generosa bajo Heidelberg, como si la abrazara. Bajo el Puente Viejo, sus aguas tranquilas devuelven la imagen completa de la ciudad. Y al otro lado, el Camino de los Filósofos invita a subir, a mirar desde lo alto, mientras el río arrastra siglos de historia hacia el Rin, con el que se funden, a solo veintidós kilómetros, en Mannheim u el dolor es que recurso al maestro de geografía Alberto Mendoza, reviviendo la historia.
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