Por: David Torres, periodista
Las calles de París parecen pintadas al pastel, y el otoño empieza a despertar ese aire que anuncia: faltan pocos meses para que todo se cubra de nieve. Fue entonces, al entrar al Hotel Kraft, en pleno corazón de Versalles, cuando lo escuché: hable en colombiano, no en español. Y me delató.
Su rostro se iluminó de golpe. La alegría de aquel joven fue desbordante: volver a escuchar esos sonidos primarios, los que llevamos en la sangre, despertó en él algo más que hermandad. Su corazón se aceleró, y su espíritu latino —ese que nos une a todos, vengamos de cualquier rincón del país— se removió entero.
Allí estaba, con sonrisa afable y trato cariñoso: Jerónimo Torres Bonilla, veintiún años, un cachaco de sombrero y vestido. Estudió para Chef en la escuela Gato Duma y en la universidad Pedagógica francesa; lleva un año en París, y sin embargo, no ha perdido ni un ápice de sus raíces. Su sueño es seguir cerca de su madre, que reside aquí con un francés, y paso a paso lo construye en el restaurante de este hotel de cuatro estrellas.
Espera a cada viajero, a cada turista que lleve acento colombiano, para robarle un saludo, una palabra, un recuerdo. Y recordarse a sí mismo: su genética viene de un pueblo pluriétnico y multicultural. Está lejos, pero no se ha ido. El idioma lo sostiene, el linaje lo abraza, y por más que París lo envuelva, él sigue siendo, ante todo, es colombiano.
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