Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Para navegar por el río Meno y contemplar la imponente silueta de Fráncfort desde el agua, no basta con subir a una embarcación: hace falta bagaje cultural y, sobre todo, disciplina. Quienes recorren estas aguas llevan años aprendiendo a convivir con el entorno, a respetarlo y a cuidarlo sin abusar de lo que nos da.
Se desliza uno río arriba o río abajo, pasando por barrios con historia, museos que custodian la memoria y tabernas que abren sus puertas a la orilla. Y lo que más impresiona no es solo lo que se ve: es lo que no se ve. No hay basura ardiendo en las riberas, no hay desechos manchando el agua. El entorno se mantiene limpio, cuidado, porque saben que así atrae a quienes lo visitan y eso construye una economía sólida, duradera.
Desde el agua se descubre la belleza del histórico barrio de Sachsenhausen, uno de los más antiguos y grandes de la ciudad. Y al levantar la mirada, el horizonte se llena de torres que conforman el Centro Financiero: una imagen que atrapa, que muestra cuánto puede crecer una ciudad sin perder el respeto por el río que la vio nacer.
No dejes de detenerse en la renovada Gerbermühle, aquel molino que fue refugio de Goethe, y escucha lo que el lugar enseña: el progreso no tiene que pelear con la naturaleza.
Y es ahí, mirando correr el Meno, donde pienso en Colombia. Para que nuestros ríos —el Magdalena, la ciénaga, todas las aguas que nos dan vida— también devuelvan prosperidad, tenemos que empezar por lo más básico: cultura ciudadana y conciencia ambientalista. Cuidar lo nuestro no es lujo: es la única herencia que no se agota.
El río no pide mucho: solo que no lo ensuciemos. Y si lo respetamos, él nos devolverá todo lo que hoy veo aquí: vida, belleza y futuro.
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