Por: David Torres, periodista
Parece que la luna se convierte en celestina, cómplice de la belleza: cuelga como un farol desde el cielo y se posa suavemente junto al puente donde los enamorados dejan candados para sellar su amor. Bajo esa luz, las viejas torres de Fráncfort se transforman, y nace un realismo mágico que nos hace soñar despierto.
El río Meno no solo corre: habla. Su agua, plateada por la luna, murmura una verdad que también conoce nuestra tierra: el río —o la ciénaga— quita la sed, da alimento, viste de belleza el paisaje… y si se le cuida bien, brinda estabilidad económica a quienes lo aman.
En esta noche encantada, el río muestra la silueta imponente de la ciudad que crece a su orilla. Y nos enseña que el agua no es solo un recurso: es un ser vivo que, cuando se le respeta, devuelve todo lo que recibe. Aquí el río es hablador, sí, y su voz es clara: cuidar lo que nos da vida es la mayor riqueza que podemos heredar.
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