Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo. Frontera Francia-Alemania.
A las diez de la noche, hora de Alemania —tres de la tarde en Colombia—, el autobús hace una parada de media hora. Estamos en la frontera. Aquí se cruzan mundos, se cambian rutas, y el viaje continúa: luego tomaremos el tren de alta velocidad hacia Fráncfort, y desde allí, en apenas una hora de vuelo con Air Europa, tocaremos Madrid.
Pero mientras el cuerpo avanza por tierras ordenadas y prósperas, la mente regresa. Y el retorno no es solo a Bogotá: es a la realidad que nos espera, dura y sin adornos. Allí donde el mundo se siente ajeno, donde la gente sufre porque los mismos que elegimos para servirnos —alcaldes, gobernantes— llegan al poder no para levantar pueblos, sino para enriquecer a los suyos y hundir a todos los demás en la miseria.
Veo cómo otros países florecen… y pienso: ¿cuándo será nuestro turno? ¿Cuándo entenderán que no se gobierna para la familia, sino para la patria?
Volveré con la maleta llena de historias de Europa, pero con el corazón puesto en la tierra que duele y espera.
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