Por: David Torres, periodista
El conjunto de Luisenpark y el Technomuseum es toda una aventura. No se ven animales de la sabana africana, pero lo que aquí se encuentra cautiva igual o más: pingüinos que desfilan con gracia, un viaje en lancha que surca las aguas tranquilas del lago, serpientes y reptiles que muestran la vida en su forma más antigua, aves de plumajes asombrosos y un acuario que te sumerge, de golpe, en las profundidades del océano. Todo rodeado por la exuberancia de una flora que parece abrazarte, donde el verde habla y el aire se siente puro.
Cerca de allí se alza la torre de televisión, vigilante de este paraíso. La pasión que respiran estos espacios te embruja y te deja con un deseo claro: volver. Porque Mannheim, la ciudad que dio a la luz la bicicleta y el automóvil, también ha sabido cuidar la naturaleza que nos rodea. Y aquí, entre el progreso y la vida, uno entiende que lo mejor de viajar es llevarse algo que invita a regresar.
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