Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Asomado a la ventanilla del avión de Air Europa, vi brillar en la distancia la torre de televisión de Fráncfort y la reconocí al instante. No la vi por primera vez: la llevaba grabada en el alma desde que era niño. Al verla, vino a mí de golpe aquel espacio llamado “El mundo al instante”, los informativos narrados por el barranquillero Andrés Salcedo González, que nos mostraban una Alemania renaciente —salida del horror de la Segunda Guerra Mundial, partida por un muro, pero corriendo a pasos de gigante hacia la modernidad—, un mundo que entonces parecía lejano, inalcanzable para nosotros.
Allá, a finales de los años sesenta, en Simití, donde la energía llegaba a las seis de la tarde y se despedía a medianoche, donde el progreso caminaba despacio, como tortuga, unos pocos teníamos el privilegio de ver la televisión en blanco y negro. Recuerdo a Emélito Mendoza Torres, el niño de la vieja Nelly; a Eduardo Sobrino Alvarado “Tito”, hijo de don Horacio Sobrino Barva; a Stella Maris Sobrino, hija del médico del pueblo Jaime Sobrino Barva; y a mí, David Torres Ruiz, hijo del viejo Milciades Torres Barrangan. Juntos, ante esa pantalla pequeña, descubrimos el mundo.
Y la vi a ella: la torre de Fráncfort, hogar de la Familia Supersónica. Allí vivían, llegaban en platillo volador, hablaban por teléfonos que no necesitaban cables, encendían aparatos donde se veían unos a otros para conversar al instante. Para nosotros era magia, un futuro que solo existía en dibujos animados.
Hoy, al sobrevolar esa misma torre, sonrío: lo que entonces parecía fantasía es nuestra vida cotidiana. Tenemos el mundo en la palma de la mano, nos llamamos desde cualquier lugar, vemos y hablamos cruzando océanos como si estuviéramos sentados juntos. Aquellos dibujos nos enseñaron lo que hoy es verdad: el mundo no se detiene, y se disfruta al instante, con una tecnología que ni siquiera pudimos soñar.
La torre sigue ahí, firme, vigilante. Y nosotros, los niños de entonces, llevamos su recuerdo intacto: el faro que nos mostró que el futuro, aunque parezca lejos, se alcanza.
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