Por: David Torres, periodista en zona de alto riesgo
Llegué a los jardines más lindos de la ciudad de Mannheim, Alemania. Allí se alza, majestuosa, la mágica Torre del Agua, que se deja ver desde casi cualquier rincón de la urbe —un faro de piedra que guía la mirada y despierta la imaginación.
Construida entre 1886 y 1889 por el arquitecto Gustav Halmhuber, en la actual plaza Federico, esta torre de 60 metros de altura y 19 metros de diámetro fue la primera torre de agua urbana de Mannheim. Pero su belleza no está solo en la altura, sino en todo cuanto la rodea: una fuente luminosa que deja caer el agua en cascadas cristalinas, adornada por un túnel de madera cubierto de enredaderas que forman un techo vivo, verde y fragante.
Y allí, vigilantes, imponentes, acompañando el fluir del manantial, dos centauros custodian el lugar. Dejan ver, a piel desnuda, la hermosura de la cultura antigua, como si la historia misma hubiera bajado de los altares para quedarse entre nosotros, mezclando el mito con la piedra, el agua con la leyenda. Un rincón donde el tiempo se detiene y la belleza habla sin palabras.
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