Por: David Torres, periodista
Recorriendo los jardines que los reyes crearon para el disfrute de todos —como bien dice Stella Maris Sobrino—, me encontré con dos mujeres de Indonesia. Y sin saberlo, me dieron la lección más hermosa: las personas no deben perder jamás la esencia de su cultura, su idioma, su arte y sus costumbres. Porque eso es lo que las hace únicas, lo que las enorgullecen: es la herencia viva que corre por las venas, transmitida de padres a hijos, tan propia como los mismos genes.
Fue en el Parque del Buen Retiro, el pulmón verde que respira en pleno corazón de Madrid. Ciento dieciocho hectáreas, más de quince mil árboles, un espacio que hoy es Paisaje Cultural Patrimonio Mundial de la UNESCO. Nació en el siglo XVII como lugar de recreo de la monarquía; hoy es de todos: abierto a cada paso, a cada sonrisa, a cada nacionalidad que llega a sentarse bajo su sombra.
Aquí, donde la naturaleza abraza monumentos y arte, dos mujeres lejanas de su tierra derrochaban alegría. Y supe entonces que la verdadera riqueza no se deja en la frontera: se lleva consigo, se comparte y se muestra con orgullo. Porque el mundo se hace más hermoso cuando cada quien brilla con su propia luz.
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