La Madreagua

La bruma espesa que brota de los conos montañosos se recoge en las hojas gigantes de bijao, rueda lentamente el cristal sobre la superficie y se inicia el goteo más maravilloso de la vida acuática. Poco a poco va engrosando en torrentes manantiales que confluyen en afluentes para continuar su curso, al formar el cuerpo vertiginoso del reino anfibio, que preside la Madreagua.

En medio de los borbollones que hace surgir la furia de la corriente, el río cae gradualmente en un raudal, que adornado de arbustos de guamos, deja correr con urgencia las aguas frías que van a morir cuarenta días después en la boca de la vertiente.

Arando los cultivos de algas, sumergidos en las profundidades de las pozas del cenagal y conviviendo con animales que le proporcionan alimento diario, la patrona de todas las deidades de las aguas dulces protege imprescindiblemente su territorio.

El sol verdece todo, la espesura del bosque es recreada por la música de miles de cantores, que incansablemente esparcen por el lugar su melodía, mientras la oscuridad llega, cerrando el telón del espectáculo.

Esta mujer con figura de hidra, con siete tentáculos de color rosa, se camufla detrás de los raizales de caracolí que sobresalen en la ribera, y espera ahí todo el día; a la una de la madrugada emerge a la superficie a alimentarse, y con pasos de pingüino se dirige a la cocina del rancho de los nuevos vecinos del riachuelo, la familia de Cerbeleón Cuesta. El fogón encendido arde toda la noche. En la oscuridad el viento hace que se refleje el rojo vivo del carbón. Ella coloca en la parrilla el bagre de cinco arrobas, lo deja que cuece veinte minutos, después se lo traga embutiéndoselo en su garganta. Se acostumbró la dama del agua a comerse los alimentos medio crudos.

Al paso de los años, la mujer de Cerbeleón, Estabana Asprilla, tuvo en su vientre veinte hijos. El macho de su marido no la dejaba descansar ni en la dieta. En la cuarentena quedaba preñada de nuevo, y a cada hermano lo separaba un año de diferencia.

En la mañana, reunidos en el mesón de guadua, la matrona de la casa sirve el desayuno en hojas de plátano, escasean los platos de peltre. Coloca una arepa grande en la mitad, con tres bocachicos para cada una, deja rodar la presa frita sobre la manteca de marrano, y les encima una taza de café puro.

A los pocos minutos, como un ritual de todos los días, toman la canoa río arriba, se coloca en la proa acurrucados, encuclillas deyeccionan, se arrojan luego a las aguas frías, para darse un baño de buena suerte, remando de nuevo arriman al barranco, que sirve de vertedero de residuos sólidos y desperdicios, convirtiendo el espejo de agua en una enorme caneca de basura.

Cuando aparece la luz ardiente del astro, Cerbeleón sale a pescar. La pereza de arrojar la atarraya lo lleva a utilizar dinamita. Lanza esos enormes tacos de TNT que sacuden las aguas, a los pocos minutos flotan cientos de peces de todas las especies y de todos los tamaños. Mientras recoge los pescados comestibles, deja que la corriente se lleve los cientos de cadáveres de animales destrozados, los mal heridos mueren a las pocas horas, sin que a él le importe.

La inconformidad en la sociedad acuática crece, a Cerbeleón no le interesa nada, cree que el centro del mundo gira sobre él y su familia, su ambiente natural solo es un elemento más para su supervivencia.

Desmonta la maleza, para que con el tiempo los chamizos se conviertan en leña, la erosión se apodera de las riberas, los gigantescos árboles se desboronan al paso de la corriente, y cada día el espacio es menos para el mundo de la Madreagua.

En el momento en que va a saltar agua, Petrona Cuesta Asprilla, su hija mayor, desaparece del barranco como por encanto, seguida de sus gallinas. El hombre angustiado, maldice a los espíritus del agua, pero nunca hace nada para detener su mano depredadora.

Así transcurre un día de cada mes, mientras varios miembros de su hogar salen a hacer sus necesidades fisiológicas en las canoas. Uno se ahoga, seguido de otro que se baña con jabón no biodegradable o pesca con herramientas destructoras. Así se fue acabando totalmente su núcleo familiar; a esto se suman los patos y los puercos, que cuando se revuelcan en el barro a orillas del río, se desvanecen. Para Cerbeleón, esos hechos aún no son comprensibles. Lo mismo le paso con el último cultivo de yuca. La creciente lo inunda y a los pocos días desapareció.

Cuando sale al río en la mañana de invierno, la Madreagua rapta a su hijo menor, Vinicio. El rancho queda completamente sólo, ni su mujer, Estebana, comprendía la soledad a que los había sometido la reina de las deidades de las profundidades.

Desmoralizada por la tragedia que la circunda, el guayabo la está consumiendo en una infinita tristeza, como la llama de su lámpara de petróleo que se apaga lentamente por falta de combustible. Ella camina para entregarse al río. Cada paso que da, las aguas la cubren, entre gritos suplicantes, exige una justa respuesta, la mujer queda completamente sumergida; la Madreagua le dice:

-Estebana Asprilla, tu marido, Cerbeleón Cuesta, es culpable de todo, le di muchas señales, para que no continuara cometiendo atentados contra el río, pero se hizo el sordo, siguió destruyendo el medio ambiente, y por eso tuve que tomar medidas drásticas, quitarle lo mejor de su vida, su familia, ahora que quedó solo, comprende que este mundo es de todos. Qué sería tu aldea global sin los árboles, sin las aves, sin el agua, sin el aire y sin los animales, él no podría vivir. Cerbeleón y su rancho serán arrastrados por una avalancha furiosa de lodo que yo provocaré, si continúa destruyendo nuestro entorno.-

Minutos después, la mujer fue hallada inconsciente en la playa. El marido, con una furia incontrolable, la recoge, la lleva a su rancho, colocándola en el catre, levanta su cabeza, le da de beber agua caliente de hierbas. Estebana vuelve en ella, le narra a su marido lo que le dijo la Madreagua. Las lágrimas de Cerbeleón recorren toda su cara, se arrepiente de haber perdido diecinueve de sus hijos, de haber contaminado el país acuático, de haber talado el mundo de los árboles y de haberles dado muerte a los animales de la nación silvestre. En ese momento, con sus tentáculos de ocho metros de largo, la hidra de agua emerge, le devuelve en medio de un remolino turbio a su pequeño Vinicio Cuesta Asprilla, que ella, por venganza, le había secuestrado un par de semana antes.

Cerbeleón y Estebana conforman la familia de guardianes del río. El equilibrio entre el hombre y la naturaleza prevalece por muchos años, no regresaron jamás las avalanchas, las contaminaciones, las desapariciones, los espantos y las inundaciones.

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