Las cocadas de Neidy y Olga, una tradición que tiene adicto a los niños y niñas de Arenal.

En medio del sol caliente de mediodía, pero con la complicidad de una brisa fresca procedente de la quebrada de Arenal, el alcalde, José Luis Pacheco Escrivá, nos invitó a deleitar del manjar de los arenaleros, las cocadas de Olga Hernández Lima y Neidy Palencia Rodríguez, la que hace los dulces criollos del barrioabajo, sí pero… al calor de la leña.

Allí, en una casa de bareque, entre la arena tibia y la escena de antaño de la cultura ribereña, se dibuja en el fondo del rancho, el viejo molino atornillado en la troja; las ollas de peltre cubiertas de un tizne gris y el burro amarrado al palo padrino, muestra la imagen autóctona de las familias más antiguas de los viejos pueblos del siglo XIX.
En ese momento entramos a la vieja cocina, que como una maloca, tiene de todito… como en botica; les habló del templo donde se fabrican las cocadas más ricas de Arenal, adornada de un fogón de leña, se cuecen los dulces que vuelven locos a chicos y grandes del sector del Campito, el lugar más humilde del municipio de Arenal del sur, Bolívar.

Nos imaginamos que el valor que tienen guardada cada abuela, se refleja en el secreto para preparar sus recetas, ahí, todos nos volvimos locos probando una suculenta cocada “cochosa” de esa riqueza ancestral que nos hace grande en una sociedad de provincia, rica en tradiciones, que se entrega o se pasa como una cadena infinita de generación tras generación, de madre a hija, donde los secretos de la cocina perdura en el imaginario de las mujeres.

Pacheco Escrivá, nos hizo romper ese realismo mágico que guarda el baúl de los recuerdos; nos comimos literalmente hasta los dedos, NO una, sino dos y hasta tres cocadas que nos empalagó la gula; pero el burgomaestre con su intención predeterminada, no solo compró las cocadas que consumimos quienes lo acompañábamos, sino adquirió toda la producción del día, de repente le robó una sonrisa inmarcesible a doña Olga.
Él tomó la palangana y salimos a recorridos las viejas calles del Campito, las del barrioabajo, que nos hacen devolver el tiempo, como una maquina retrospectiva para recordar la tradición cuando eras chicos, de andar a pie descalzo, en pantaloncillos, mojosos por el polvo que dejan el torbellino del viento caliente que brota del poblado y se encuentra con el frío procedente de la manigua.

De repente como una bandada de aves o mejor, como un enjambre de abejas, los pequeños se aglutinan en la puerta del carro conducido por el burgomaestre, el vehículo sólo anuncia implícitamente que estaba repletos de cocada; sin decir una palabra en pocos segundos se llena de pelaos que aparecen de la nada, como por arte de magia pidiendo cocada… más atrás, entre el vapor que sale de la tierra, un chiquillo se acerca y con pasos torpes y de un lenguaje poco entendible, también exigía su porción “Jose… mi cocada” así, sin indiferencia, sin excluir a nadie, la primera autoridad de los arenaleros, se encuentra con lo que somos, un pueblo coloquial, que maneja ese lenguaje tradicional, entre sonrisa y bromas costumbristas, pasa una tarde feliz, compartiendo una o dos cocadas hechas en fogón de leña por doña Olga y Neidy.

Comentarios

comentarios

scroll to top